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Montaigne, Michel de

Michel de Montaigne (Saint-Michel-de-Montaigne, Francia, 1533-1592) Nacido en el seno de una familia de comerciantes bordeleses que accedió a la nobleza al comprar la tierra de Montaigne en 1477, fue educado en latín, siguiendo el método pedagógico de su padre. En 1570, abandona sus cargos públicos y se retira a su castillo para meditar y escribir. En 1572 comienza a redactar los Ensayos, cuyos dos primeros volúmenes verían la luz por primera vez en 1580. Tras esa publicación, en su afán de conocer costumbres y usos de otras naciones y culturas, emprende un largo viaje por Suiza, Alemania, Austria e Italia, el cual tuvo que interrumpir al ser elegido alcalde de Burdeos, cargo que ostentó de 1581 a 1585.

Max

Max (Barcelona, 1956). Autor de historietas con una amplia trayectoria en el cómic desde sus inicios en los años 80 en la revista El Víbora. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Cómic por su libro Bardín el Superrealista. Ha sido fundador y codirector editorial de la revista de vanguardia gráfica NSLM entre 1995 y 2007. Su trabajo como ilustrador incluye carteles, portadas de discos, ilustraciones para prensa, libros y animación. Desde 2009 ilustra semanalmente la sección «Sillón de orejas» en el suplemento cultural Babelia, del diario El País. 

Versión papel 
Tamaño: 13 x 19 cm.
Encuadernación: Rústica
Páginas: 64
ISBN: 978-84-17651-25-1
 
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Michel de Montaigne

De los libros

Traducción de: María Teresa Gallego
Ilustrado por: Max

El ensayo de Michel de Montaigne De los libros es uno de sus textos más importantes. «Solo busco en los libros el gusto que me proporcione un honrado entretenimiento; o, si estudio, solo busco la ciencia que trate del conocimiento de mí mismo y que me instruya en un bien morir y un bien vivir. […] »Con las dificultades, si con ellas me topo al leer, no me como las uñas; ahí se quedan tras haber arremetido contra ellas una o dos veces. Si me quedase plantado, me perdería y perdería el tiempo, porque tengo un carácter impulsivo: lo que no vea de primeras menos lo veré si me empeño. Nada hago si no es con buen humor, y el empeño y la presión excesiva me ciegan el entendimiento, lo amohína y lo cansa. Se me turban y se me distraen los ojos, tengo que apartarlos y volverlos a fijar a trompicones: de la misma forma que para apreciar el brillo del escarlata nos ordenan que pasemos la vista por encima y en varias veces, apartándola de golpe y volviendo a mirar luego. Si tal libro me resulta enojoso, tomo otro y no me dedico a aquel más que en las horas en que empieza a adueñarse de mí el hastío de no hacer nada. No me intereso en los recientes, porque los de los Antiguos me parecen más completos y más recios; ni en los griegos, porque mi criterio no sabe ejercitarse de verdad cuando entiendo de forma pueril y como un aprendiz».
 
«Como Shakespeare, Montaigne es, en cierto sentido, contemporáneo nuestro. Pocos escritores del siglo xvi son más fáciles de leer hoy, ni nos hablan tan directa e inmediatamente como él».
Peter Burke

15,00

El ensayo de Michel de Montaigne De los libros es uno de sus textos más importantes.

«Solo busco en los libros el gusto que me proporcione un honrado entretenimiento; o, si estudio, solo busco la ciencia que trate del conocimiento de mí mismo y que me instruya en un bien morir y un bien vivir. […]
»Con las dificultades, si con ellas me topo al leer, no me como las uñas; ahí se quedan tras haber arremetido contra ellas una o dos veces. Si me quedase plantado, me perdería y perdería el tiempo, porque tengo un carácter impulsivo: lo que no vea de primeras menos lo veré si me empeño. Nada hago si no es con buen humor, y el empeño y la presión excesiva me ciegan el entendimiento, lo amohína y lo cansa. Se me turban y se me distraen los ojos, tengo que apartarlos y volverlos a fijar a trompicones: de la misma forma que para apreciar el brillo del escarlata nos ordenan que pasemos la vista por encima y en varias veces, apartándola de golpe y volviendo a mirar luego. Si tal libro me resulta enojoso, tomo otro y no me dedico a aquel más que en las horas en que empieza a adueñarse de mí el hastío de no hacer nada. No me intereso en los recientes, porque los de los Antiguos me parecen más completos y más recios; ni en los griegos, porque mi criterio no sabe ejercitarse de verdad cuando entiendo de forma pueril y como un aprendiz».