Archivo por meses: octubre 2017

Mujeres de ciencia: 50 intrépidas pioneras que cambiaron el mundo

El 30 de octubre llega a librerías la nueva aventura de Nørdica Cómic, esta vez con un viaje ilustrado a través de la historia de la ciencia y para dar la importancia que las mujeres han tenido en sus mayores y más importantes avances. Compartimos la introducción de Mujeres de ciencia y en este enlace puedes acceder a una muestra del fascinante y necesario libro escrito e ilustrado por Rachel Ignotofsky. Como en varias de nuestras mejores aventuras, este libro ha sido coeditado con Capitán Swing. Recientemente también publicamos conjuntamente Díez días que sacudieron el mundo.

«Me enseñaron que el camino del progreso no es ni rápido ni fácil»

—Marie Curie

Marie Curie - Mujeres de Ciencia

Introducción de Rachel Ignotofsky, autora e ilustradora de Mujeres de ciencia.

Nada presagia más problemas que una mujer en pantalones. Ésa era la actitud predominante en la década de 1930. Tanto era así que el hecho de que Barbara McClintock llevara pantalones de vestir en la Universidad de Misuri era considerado escandaloso. Pero era aún peor, además de escandalosa, era luchadora, directa, increíblemente inteligente y el doble de ingeniosa que cualquiera de sus compañeros masculinos. Hacía las cosas a su manera para obtener los mejores resultados, aunque eso implicara trabajar hasta muy tarde con sus estudiantes, lo cual iba contra los horarios establecidos. Si le da la impresión de que todo esto son buenas cualidades para un científico, entonces está en lo cierto. Pero, en esa época, esas cualidades no eran consideradas necesariamente buenas en una mujer. Su inteligencia, su confianza en sí misma, su firme disposición a romper las reglas y, por supuesto, sus pantalones, ¡todo ello era considerado escandaloso!

Barbara ya había dejado huella en el campo de la genética con el trabajo innovador que había llevado a cabo en la Universidad de Cornell, cartografiando cromosomas utilizando maíz. Su trabajo sigue siendo importante en la historia de la ciencia. Sin embargo, mientras trabajó en la Universidad de Misuri, Barbara fue considerada descarada y poco femenina. La facultad la excluyó de las reuniones y le ofreció muy poco apoyo en sus investigaciones. Cuando descubrió que la despedirían si se casaba y que no había posibilidad alguna de ascender, decidió que ya tenía bastante.

Arriesgando toda su carrera, hizo las maletas. Sin ningún plan en mente, excepto su rechazo a que su valor fuera puesto en duda, Barbara fue en busca de su trabajo soñado. Esta decisión le permitió dedicarse con alegría a la investigación durante todo el día y finalmente logró descubrir los genes saltarines. Este descubrimiento la haría merecedora del Premio Nobel y cambiaría para siempre nuestra visión de la genética.

La historia de Barbara McClintock no es única. Desde que la humanidad se empezó a hacer preguntas sobre nuestro mundo, hombres y mujeres han observado las estrellas, mirado bajo las rocas y a través de microscopios para encontrar las respuestas. Aunque tanto hombres como mujeres tienen la misma sed de conocimiento, las mujeres no siempre han gozado de las mismas oportunidades para investigar en busca de respuestas.
En el pasado, las restricciones que tenían en el acceso a la educación eran frecuentes. Era habitual que no se les permitiera publicar artículos científicos. Se esperaba que crecieran exclusivamente para ser buenas esposas y madres mientras sus maridos las mantenían. Mucha gente pensaba que no eran tan inteligentes como los hombres. Las mujeres que aparecen en este libro tuvieron que luchar contra los estereotipos para poder desarrollar las carreras que deseaban. Rompieron reglas, publicaron bajo seudónimos y trabajaron por el afán de aprender sin ninguna ayuda. Cuando otros dudaban de sus habilidades, ellas tenían que creer en sí mismas.

Cuando, finalmente, las mujeres empezaron a ganarse un mayor acceso a la educación superior, habitualmente se topaban con alguna trampa. A menudo no les daban un espacio en el que trabajar, carecían de financiación y no recibían reconocimiento alguno. No se les permitía entrar en el edificio de la universidad debido a su género. Lise Meitner llevó a cabo sus experimentos de radioquímica en un sótano frío y húmedo. Al no tener financiación para un laboratorio, la física y química Marie Curie manejaba peligrosos elementos radiactivos en un diminuto y polvoriento cobertizo. Después de realizar uno de los descubrimientos más importantes en la historia de la astronomía, Cecilia Payne-Gaposchkin recibió muy poco reconocimiento y, durante décadas, su género la limitó a trabajar como ayudante técnica. La creatividad, la persistencia y el afán de realizar descubrimientos fueron las herramientas más poderosas que tuvieron estas mujeres.

Marie Curie es actualmente un nombre familiar, pero a lo largo de la historia ha habido otras grandes e importantes mujeres en los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (CTIM). Muchas de ellas no recibieron en su época el reconocimiento que merecían y cayeron en el olvido. Al pensar en la física, deberíamos nombrar no solo a Albert Einstein, sino también, a la genial matemática Emmy Noether. Todos deberíamos saber que fue Rosalind Franklin quien descubrió la estructura de doble hélice del ADN, no James Watson y Francis Crick. Mientras admiramos los avances alcanzados en tecnología informática, debemos recordar no únicamente a Steve Jobs o Bill Gates, sino también, a Grace Hopper, la creadora de la programación moderna.

A lo largo de la historia, muchas mujeres lo han arriesgado todo en nombre de la ciencia. Este libro cuenta la historia de algunas de estas científicas, desde la antigua Grecia hasta hoy en día, que cuando se topaban con un «no» respondían: «Intenta detenerme».

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El álbum con 5 ilustraciones de científicas ganadoras del Premio Nobel que podrás conocer en Mujeres de ciencia: #NobelEsMujer en Facebook

El nombre de tu gato: T. S. Eliot explica en verso por qué elegir bien es tan importante (¡y complicado!)

En Nórdica, entre otras muchas filias literarias, sabéis que somos de gatos. No han sido uno, sino cuatro, los títulos que giran alrededor de nuestro felino predilecto. Después de El paraíso de los gatos, Perros y gatos bajo la lupa de los científicos (Nórdica Infantil) y El gato con botas, nos lanzamos a por el sentido del humor y el afecto de T. S. Eliot en los poemas de su libro El libro de los gatos sensatos de la vieja Zarigüeya.

 

 

El autor de La tierra baldía descubre aquí una faceta inédita y totalmente diferente, guiada por la imaginación gatuna. En cada uno de los poemas de El libro de los gatos sensatos de la vieja Zarigüeya, entre hilarantes y entrañables, el lector y amante de los gatos encontrará incontables guiños e historias para sentirse identificado. ¿Habrá alguno de los gatos que describe T. S. Eliot parecido al tuyo?

Compartimos el primer poema del libro, que habla de algo no menos importante: La importancia y los intríngulis que tiene ponerle nombre a tu mascota. ¿Creéis que tiene razón? ¡Adelante con los versos gatunos de T. S. Eliot!

El nombre de los gatos

Ponerle nombre a un gato, no te asombres
es cosa complicada y no banal.
Seguro que piensas que estoy muy mal,
pero es que un gato ha de tener tres nombres.

De ponerle el primer nombre se encarga
la familia. Serán nombres de gente
común: Pedro, Gabriel, Ana, Vicente.
Ya veis, la lista puede ser muy larga.

Claro que algunos prefieren la opción
de emplear nombres más rebuscados
en los eufónicos tiempos pasados:
Electra, Godofredo, Napoleón.

Pero los gatos, que son muy soberbios,
han de emplear apodos contundentes
que les ayuden a ir entre las gentes
con paso firme y sin perder los nervios.

Son nombres que no podrás pronunciar
sin trabucarte: Munkustrap, Walstato,
Bombabulina, Explorer. Cada gato
ostenta así un nombre particular.

Queda otro nombre, pero no hay accesos.
Sólo el gato conoce el tercer nombre
y nunca lo dirá a un hombre
por mucho que lo mimen con mil besos.

Así que, cuando un gato ensimismado
contemples, es seguro que, coqueto,
en su mente repite el gran secreto,
como un mantra sagrado

impronunciable
pronunciable
pronuncimpronunciable
inescrutable, hondo, singular,
su Nombre de verdad.

T. S. EliotEl libro de los gatos sensatos de la vieja Zarigüeya

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Tren de John a Berger

Crónica de un viaje escrita por Leticia Ruifernández

Cuando John Berger murió, en enero de este año, quienes lo conocimos sentimos un vacío enorme. ¿Quién cómo él iba a dotar de sentido a lo que nos ocurría? ¿Quién iba a trazar los caminos de la resistencia ahora?

Quedaba su obra, claro, pero leer es casi siempre una tarea solitaria y lo que necesitas cuando se te va alguien amado es juntarte a recordarlo, reconocer que para el otro también era tan importante como para ti. Hablar de sus maravillas, de todo eso que el que ya no está no puede certificar con su presencia. Un rito de despedida.

En mi caso pude vivir los meses posteriores a su muerte inserta en mi libro más querido de él: Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos.  Porque justo cuando John se fue estaba empezando a ilustrar una nueva versión que le había propuesto hacer a Nórdica Libros.

Foto de Elvira Megías.

Fueron meses muy ricos. John ya no estaba, pero Yves, su hijo y también pintor, me acompañó mucho ofreciéndome la confianza que necesitaba para hacer un trabajo como ese. El libro estaría listo para cuando acabara el verano.

Se conjugaron los astros para que en septiembre viniera Yves Berger a Madrid, justo cuando viajaba también a Europa Ramón Vera, el traductor y amigo de John en México. Había que aprovechar y hacerle a John una despedida, un reconocimiento, un homenaje. Cuando se lo propuse a la gente del Círculo de Bellas Artes se entusiasmaron con la propuesta.

John se empeñaba en vida en trenzarnos a unos con otros. Nos ponía en contacto al igual que él se empeñaba en trabajar aliándose con otros. Siempre estaba buscando qué podíamos hacer juntos.  Pensamos en llamar a toda la gente que tanto quería a John para participar en el homenaje, todos esos seres que amaban a John, porque no había más remedio que amarlo una vez lo conocías. Y uno tras otro, todos fueron diciendo ¡Sí!

El reto estaba en crear una manera que permitiera que convivieran todas esas voces en el escenario y no matar al público de aburrimiento, en un evento infinito.  Evidentemente, todas esas voces tenían mucho que contar, pero lo que había que transmitir no era todo. Era, más bien, una plegaria…

Así se nos ocurrió la idea del tren: un viaje en el que todos  sus amigos y amigas éramos pasajeros y nos encontrábamos en compartimentos en los que cualquier cosa podía ocurrir. Alfonso Armado era el revisor perfecto: iba presentando a cada uno de los invitados, picando los billetes, hilando el camino de este tren.

El primer compartimento del tren que fletamos el pasado 15 de septiembre en el Círculo de Bellas Artes lo ocupó Gonzalo Cunill, actor que había trabajado en varias ocasiones los textos de John. Nos ofreció una interpretación de Los bosques, un bello relato de John que transcurre en un tren y que brindó a la revista fronterad cuando arrancó.

El siguiente compartimento estaba ocupado por Yves Berger y Pilar Vázquez, que leyeron a dos voces (en inglés y español) un texto que Yves escribió para este tren con el que John habría disfrutado mucho.

Marisa Camino nos mostró junto con Nacho Fernández algunos de los dibujos que durante años estuvo creando a cuatro manos con John. Aprendieron a construir un lenguaje cuando las palabras de uno eran ininteligibles para las del otro. Ruper Ordorika ofreció una bella canción en euskera que pensaba cantarle en su casa de a París a John. Pero no pudo llegar a tiempo y se la cantó en el teatro.

Ramón Vera y yo estuvimos hablado de cómo John nos entretejía. De los puentes y las pieles. De cómo fue él quien puso a los campesinos de nuevo en el centro del discurso literario y político, de la historia.

Manuel Rivas llegó con los bolsillos llenos de resistencias: palabras que John nos había regalado para ofrecer una visión diferente de la del poder. Gervasio Sánchez se dirigió a Yves para recalcar la cota humana de su padre.

En el siguiente compartimento, Lali Bosch acompañó con palabras de John la danza estremecedora de María Muñoz y Pep Ramis ante un bosque vivo. ¿Podrías bailar el recuerdo de una persona que te está recordando?

Ixiar Rozas interpretó con María Muñoz una partitura en la que las palabras iban mutando lentamente para ofrecernos presencia, ser, sentir.

Juan Cruz, quien fue editor de John muchos años en Alfaguara, compartió espacio con Ricardo Calero que contó su viaje y encuentro con John en su casa de Quincy, en la Alta Saboya.

Isabel Coixet estuvo hablando sobre un documental que comenzó el día que conoció a John y que está por acabar, y del que el Tren de John a Berger en el Círculo de Bellas Artes será parte.

Esos fueron los pasajeros visibles. Los invisibles, todos aquellos que hicieron que las luces estuvieron iluminando a quien hablaba, que la música crease el ambiente del tren, que los suelos estuvieran limpios, que las copas de vino estuvieran llenas para poder brindar por John. Gonzalo Maestre y su música, Ángel Haro y sus proyecciones,  Juan Alberto Ramiro y su equipo de técnicos, Laura Manzano coordinando todo desde el Círculo, Diego Lozano y las bodegas Juan Gil que obsequiaron todas las botellas de vino para el evento y los 500 espectadores que llenaron la estación en la que se convirtió esa noche el teatro Fernando de Rojas.

John nos juntaba y se empeñaba en que nos conociéramos. Una vez que se ha ido nos ha vuelto a regalar este momento en que nuestras pieles se juntan y podemos responder a la pregunta ¿Quién va a dotar de sentido de sentido ahora a lo que nos ocurra? ¿Quién va a trazar los caminos de la resistencia? Nosotros. Un nosotros amplio que nos atañe a todas. Ya no hay un parapeto detrás del que ponerse. Ya no está John. Pasamos a primera línea. Pero juntos.

Leticia Ruifernández19 de Septiembre 2017.


Libro: Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos

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· Agradecimiento especial para el evento de John Berger en Madrid: Bodegas Juan Gil